lunes, 6 de octubre de 2014

Reflexión de Hoy- Lunes 06-10-14 ( Poner de lo nuestro).

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Poner de lo nuestro.

Autor: Arturo Quirós Lépiz
Fuente: Mensajes Vida.

Cuenta la Biblia que en una ocasión, una gran multitud seguía a Jesús. El sintió compasión de ellos pues estaban lejos de sus hogares y en un lugar apartado. Les dijo entonces a sus discípulos que les dieran de comer. Eran 4.000 hombres sin contar mujeres y niños. Ellos como era lógico dijeron que no tenían el dinero para comprar comida a tanta gente. Les preguntó que entonces, qué tenían. Ellos respondieron que solo tenían siete panes y unos pescaditos. El entonces los pidió, los bendijo y alimentó a todos y llenaron muchos canastos con lo que sobró.

Esta se conoce como la segunda multiplicación de los panes, y se encuentra en el Evangelio de San Mateo.

Muestra sin duda alguna el poder de Dios, y la falta de fé que podemos tener los humanos. Antes de esto ya Jesús había alimentado a otra multitud mas grande. Sin embargo, ellos incluso dicen "pescaditos" como haciendo mas pequeño lo que ya tenían.

Cuánta gente podría recibir de nosotros no alimento tal vez, pero si ayuda, consuelo, amistad o paz si tan solo pusiéramos lo poco que tenemos y dejáramos que Jesús lo multiplicara. Grandes muchedumbres, recibirían lo que Dios quiere darles y para lo cual nos pide a nosotros.

No importa que tan poco creas tener, en manos de Jesús es mucho. Entrégaselo y El hará grandes cosas.

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domingo, 5 de octubre de 2014

Reflexión de Hoy- Domingo 05-10-15 (Un amigo tenía una viña).

Un amigo tenía una viña. Autor: José Ignacio Alemany Grau, obispo. Fuente: Varios domingos venimos hablando de la viña, guiados por el evangelista

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Un amigo tenía una viña.

Autor: José Ignacio Alemany Grau, obispo.
Fuente:

Varios domingos venimos hablando de la viña, guiados por el evangelista san Mateo.

Hoy la liturgia nos presenta expresamente el cántico de la viña al que aludimos el domingo anterior.

De todas formas será bueno que completemos algunos detalles preliminares.

La historia del vino comienza con el Génesis (9,20): "Noé era agricultor y fue el primero en plantar una viña. Bebió del vino, se emborrachó".

Conocemos también la admiración que causó en el pueblo hebreo, camino a la tierra prometida, la llegada de los exploradores que, "llegados al valle del racimo, cortaron un ramo con un solo racimo y lo llevaron entre dos" (Nm 13,23).

Conocemos otros muchos relatos sobre las viñas, por ejemplo, la viña de Nabot.

Por su parte los salmos hablan muchas veces de la viña, como el 79 que compartiremos hoy como salmo responsorial: "la viña del Señor es la casa de Israel".

El salmo va desarrollando una bellísima comparación entre Israel y la viña amada de Dios.

La historia del vino, del fruto de la viña, nos enseña que una característica de la alegría de las fiestas humanas se encuentra en esta bebida.

Así recordamos el salmo (104) que dice: "el vino que alegra el corazón del hombre".

Por otra parte todos recordamos de manera especial el vino de Caná y la cumbre de todas las fiestas, el vino de la Eucaristía en la última cena.

Vayamos a Isaías que hoy nos va a cantar los amores de Dios ("el amigo del profeta") y las ingratitudes de la viña ("el pueblo de Israel").

Estemos atentos a la lectura porque es posible que descubramos nuestra ingratitud personal con la bondad de Dios que nos ha dado tantos regalos y tanta misericordia desde el bautismo:

"¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?

¿Por qué esperando que me diera uvas dio agrazones?".

¿Suenan en tu conciencia estas palabras como un reproche del Señor para ti?

"La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido".

¿Nos toca algo a ti y a mí? Y continuamos con el profeta:

"Espero de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos. Espero justicia, y ahí tenéis: lamentos".

El Evangelio nos ofrece la dolorosa parábola con la que Jesús enseña una vez más a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo.

Pero ahora el Señor, en lugar de enfrentarse con el pueblo de Dios como hace Isaías, se enfrenta a los viñadores que son precisamente los que están escuchando, los dirigentes del pueblo de Israel.

"Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, plantó en ella un lagar; construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia envió a sus criados para percibir los frutos que le correspondían.

Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon".

Después envía otros criados y el trato es el mismo.

Sus oyentes debieron entender muy pronto que Jesús hablaba de los profetas que Dios envió a Israel pero, sobre todo, comprendieron que iba para ellos lo peor:

"Por último envió a su hijo diciéndose: "tendrán respeto a mi hijo". Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron, éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia…"

Jesús advierte que el castigo para ellos será terrible.

Esto era demasiado claro: Jesús muchas veces se había llamado "hijo de Dios", ahora está representado por el hijo del dueño de la viña. Y aún hay algo más fuerte que es la aplicación que hace Jesús del salmo:

"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente".

Entendieron tan bien lo que Jesús quería decir que "los sumos sacerdotes y fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos pero aunque querían prenderle, temían que hubiera un levantamiento del pueblo que lo tenía por profeta".

Terminemos con las palabras de Jesús en la última cena que nos recuerda el salmo aleluyático:

"Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure".

Esta es la misión que Jesús nos da a cada uno dentro de la viña que es su Reino: evangelizar para dar como fruto la conversión de otros muchos que se acerquen a Dios.

José Ignacio Alemany Grau, obispo.

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sábado, 4 de octubre de 2014

Perdonarse a uno mismo.

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Perdonarse a uno mismo.
Autor: Alfonso Aguiló
Fuente:
Todos sabemos que, muchas veces, perdonar es difícil. Pero quizá para algunos sea especialmente difícil perdonarse a uno mismo. Y están tristes porque no se perdonan sus propios fracasos, porque alimentan sus errores dándoles vueltas en su memoria, porque parece que se empeñan en mantener abiertas sus propias heridas. Son como cadenas que se ponen a sí mismos, cárceles en las que se encierran voluntariamente.
A lo mejor están tristes y sienten dentro del corazón como una especie de lanzada que les amarga la existencia, porque cargan con una responsabilidad que no les corresponde, por un fracaso que no es suyo, al menos en su totalidad.
Sucede a veces, por ejemplo, con la educación de los hijos. Unas veces se falla porque se hace mal, otras porque hay circunstancias ajenas que lo estropean sin culpa de los padres, y otras simplemente porque los hijos son libres. En cualquier caso, la solución nunca es dejarse consumir por la tristeza, sino rectificar en lo posible el rumbo, procurar aprender, intentar recuperar el terreno que se haya perdido, mirar al futuro con esperanza.
La falta de perdón para uno mismo suele generar tristeza, y una y otra tienen su origen en el orgullo. Y así como el orgullo del que es simplemente vanidoso, o de quien está pagado de sí mismo, es el más corriente y menos peligroso; en cambio, pasarse la vida dando vueltas a los propios errores suele ser señal de un orgullo más refinado y destructivo.
Es preciso aprender a aceptarse serenamente a uno mismo. Aceptarse, que nada tiene que ver con una claudicación en la inevitable lucha que siempre acompaña a toda vida bien planteada, sino que es encontrar un sensato equilibrio entre exigirse y comprenderse a uno mismo.
Conociéndose un poco es fácil saber cómo hacer frente a esos desánimos que acompañan a los propios errores y fracasos. Son instantes de hundimiento y de desazón, bajones de ánimo que pretenden ganarnos la partida de la vida.
Conviene pararse a pensar en las razones que los producen. A veces nos avergonzará ver cómo pueden desanimarnos contratiempos tan tontos; cómo cosas de tan poca importancia pueden hacernos pasar de la euforia al abatimiento, o viceversa, de forma tan rápida. Para superarlos, conviene hacer un esfuerzo de reflexión, un serio intento para ser objetivo, para ver cómo alejar esas sombras de pesimismo que asaltan inadvertidamente a todos y que tantas veces no dejan ver la cara soleada de la vida.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Reflexión de Hoy- Miércoles 01-10-14 ( Meditación: Lucas 9, 57-62)

Meditación: Lucas 9, 57-62 Autor: Fuente: la-palabra.com Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia Cuando Jesús nos dice "Síguem

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Meditación: Lucas 9, 57-62

Autor:
Fuente: la-palabra.com

Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Cuando Jesús nos dice "Sígueme", es como si también nos dijera "Olvídate de todos los que no quieren seguirme; deja todo lo que sea obstáculo para que me sigas, y no mires hacia atrás." Esto suena un poco drástico, pero en realidad el Señor no vino a darnos una vida fácil, sino una vida recta; vino a librarnos de la esclavitud del pecado y concedernos una nueva visión para el futuro.

Todas las promesas del Evangelio se hacen válidas para nosotros cuando decidimos seguir a Cristo. En efecto, por esa sola decisión, ratificada una y otra vez, llegamos a abrir el corazón para recibir toda la gracia, el gozo y la esperanza del cielo. Un simple y sincero "Sí, Señor mío" nos abre a la vida de la libertad, en la cual Dios nos quita el peso de la culpa y nos comunica una seguridad inquebrantable de su amor.

Decídete hoy, querido hermano, a decirle al Señor: "Sí, Cristo mío, yo te seguiré." Luego, no esperes que las cosas necesariamente se tornen más fáciles, pero sí espera que el próximo paso que des en la vida sea más claro y mejor orientado y luego da el próximo y el próximo.

La Madre Teresa le dijo que sí al Señor y ese sí la llevó desde su hogar en Albania a la escuela de un convento en la India y luego a las calles de Calcuta, una vida nada fácil ni cómoda, pero su carga era ligera porque sabía que Jesús la llevaba con ella. La imagen que recordamos de ella es de una religiosa sonriente, en cuyos ojos brillaba el amor de Dios.

Seguir a Jesús significa escoger el camino correcto, aunque sea angosto. No es un camino fácil, pero tampoco es de sufrimiento ininterrumpido, en el que nunca brilla el sol. Es cierto que a veces el camino angosto parece infundir miedo, pero Dios está con nosotros y con él todo es posible. Si avanzamos por ese camino, siempre encontraremos la gracia necesaria, en el momento preciso y en la medida correcta. Jesús, por medio del Espíritu Santo, se preocupará de eso, porque él quiere darnos una vida de paz, amor y victoria.

"Sí, Señor y Dios mío, te seguiré hoy y todos los días de mi vida. Revélame tus caminos, Señor, y enséñame tus senderos, para que dondequiera que tú vayas, yo vaya también contigo."

Job 9, 1-12. 14-16; Salmo 88, 10-15

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